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17 de Mayo, 2008


NUEVAS PRUEBAS DE QUE LAS ANTENAS DE TELEFONÍA SON PELIGROSAS.

 

El número de personas enfermas que viven cerca de antenas de telefonía, centros de transformación y torres de alta tensión es cada vez mayor pero las autoridades se niegan a reconocerlo. Dicen que no hay "evidencias científicas" de su peligrosidad. Pero mienten. Las hay solo que las ignoran. Lo que no existen son pruebas de que sean inocuas que es además lo que deberían demostrar las compañías que las instalan. De hecho un pequeño grupo de estudiantes ha demostrado científicamente mediante un sencillo experimento que las ondas de las antenas afectan a la cisteína, compuesto que forma parte del principal antioxidante extra e intercelular de nuestro organismo: el glutatión, un tripéptido formado por ácido glutámico, cisteína y glicina. Y, por tanto, que afectan negativamente a la salud.

Aunque el artículo 15 de la Constitución garantiza a los ciudadanos el Derecho a la vida y a la integridad física, el artículo 17 el Derecho a la libertad y seguridad en cualquier ámbito y el artículo 18 la Inviolabilidad del domicilio y por ser derechos fundamentales ninguna norma de nivel inferior puede restringirlos o violarlos las compañías eléctricas y de telefonía alegan una y otra vez ante los tribunales que ellos cumplen las leyes... obviando que toda norma que limita o viola los derechos fundamentales es nula de pleno derecho. Como obvian que el Tribunal de Justicia de la Comunidad Europea determina que "cuando puedan estar afectados bienes jurídicos de especial importancia como la salud, la integridad física de las personas, el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado, etc., debe aplicarse el Principio de Precaución". Y si bien ha habido controversia en cuanto al ámbito de aplicación de ese principio esa duda no existe cuando se refiere a los casos específicos en los que los datos científicos son "insuficientes, no concluyentes o inciertos" y más cuando una evaluación objetiva preliminar permite "sospechar" que existen "motivos razonables para temer efectos potencialmente peligrosos para el medio ambiente y la salud humana, animal o vegetal".
Por consiguiente, que a estas alturas las administraciones estatal y autonómica permitan que aún existan centros de trasformación y torres de alta tensión cerca de viviendas y se instalen antenas de telefonía a menos de 500 metros de lugares habitados raya en la irresponsabilidad criminal. Los cargos políticos y funcionarios que lo permiten así como los directivos de las empresas que lo promueven y/ejecutan deberían haber sido procesados hace mucho tiempo. Independientemente incluso de si hay o no pruebas científicas de la peligrosidad de las radiaciones electromagnéticas -que las hay como hemos publicado muchas veces en esta revista- ya que los tribunales han dejado claro que en el caso que nos ocupa deben ser las empresas que alegan que no son peligrosas para la salud las que deben probar esa afirmación. Son ellas las que deben soportar lo que jurídicamente se denomina la "carga de la prueba". Algo que nunca han hecho... ¡porque no pueden!
Las administraciones estatal, autonómicas y locales podrían exigir a las grandes empresas de electricidad y telefonía que actúen en consecuencia para evitar riesgos para la salud de las personas pero se abstienen de pedírselo porque todas ellas tienen contratadas a personas con poderosas influencias en los partidos políticos y éstos controlan las decisiones del Gobierno del Estado, de los gobiernos autonómicos y de la mayoría de los ayuntamientos. Así de simple. Es más, no sólo no se les exige que prueben la inocuidad de las radiaciones que emiten sus dispositivos -que sería lo adecuado- sino que todos se niegan a financiar estudios de investigación que constaten o no su peligrosidad. A pesar de que con frecuencia puede hacerse de forma rápida y económica. Lo demostraron sin más en la primavera del año pasado ¡tres estudiantes de 17 años! en un trabajo que elaboraron mientras estudiaban en el Instituto de Educación Secundaria Alpedrete en la madrileña localidad del mismo nombre: Pablo Caballero, Nadia Sánchez y Marina Esteve. Trabajo que, según ellos mismos cuentan, basaron en un artículo titulado Influencia de la cercanía de una antena móvil sobre el cáncer efectuado por Horst Eger, Claus Uwehagen, Virgitt Lucas, Peter Wogel y Helmut Voit así como en los reportajes que publicó Discovery DSALUD en los números 70, 75, 89 y 92.
Cabe añadir que para poder desarrollar su trabajo -que titularon tras acabarlo Antenas Móviles: un atentado contra la salud- contarían con la inestimable ayuda y asesoramiento del investigador español Antonio Martín González quien durante más de 40 años desarrolló su trabajo en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y que, tras jubilarse, se ocupa en la actualidad de llevar a cabo el proceso de activación molecular de los productos de Laboratorios Catalysis que permite multiplicar entre mil y diez mil veces -según los casos- el potencial eléctrico de una molécula y, por tanto, su capacidad antioxidante. Activación molecular que consiste, dicho de forma simple, en hacer pasar por la solución tratada una corriente eléctrica que dota a las moléculas de mayor número de electrones y, por ende, de una mayor capacidad antioxidante que le permite combatir los radicales libres.

LA INVESTIGACIÒN
Pablo, Nadia y Marina explican en el preámbulo de su trabajo que decidieron efectuarlo porque tenían información de los potenciales efectos negativos tanto de los teléfonos móviles como de las ondas emitidas por las antenas de telefonía habiéndoles además llamado la atención que en Alemania la potencia permitida de una antena sea quinientas veces inferior a la que se autoriza en España. Decidieron pues investigar si sus efectos negativos eran reales y, en caso afirmativo, si ello depende o no de la distancia. Lo que decidieron constatar comprobando sus efectos en un radio de 500 metros alrededor de la torre repetidora de telefonía que hay en la parte alta de Alpedrete cuyas ondas afectan a gran parte del pueblo. Pero dejemos que ellos mismos lo cuenten:
"El experimento consiste -explican en su trabajo- en medir el efecto cancerígeno producido por las ondas electromagnéticas que emiten las antenas móviles sobre la cisteína. Hemos elegido este compuesto químico debido a que forma parte del principal antioxidante extra e intercelular: el glutatión (GSH). Este compuesto protege a las células de los millones de oxidantes (radicales libres) que puedan penetrar en ella a fin de que el número de éstos no supere a los antioxidantes y la célula muera. Todo virus, infección, tumor, etc., origina una elevada cantidad de radicales libres, también conocidos como oxidantes, que aceleran el envejecimiento y la destrucción celular. El glutatión, un tripéptido formado por ácido glutámico, cisteína y glicina; desactiva estos radicales libres siendo por ello un agente anti-tumores, alergias, diabetes, cataratas... Además ayuda a prevenir los efectos dañinos de la radiación, la quimioterapia, los rayos X, el tabaco y el alcohol".
Evidentemente la idea de usar la cisteína, en qué solución y de qué manera hacer el experimento no se les ocurrió a los tres jóvenes sino a su asesor, Antonio Martín. Pero sí se ocuparon de llevarlo a cabo.
"Para comprobar -agregarían- el daño que hacen las ondas sobre este compuesto, presente en todas nuestras células, hemos puesto 0.5 mg/ml de cisteína -el principal componente antioxidante del glutatión- en seis botes. Uno de ellos (el de control) lo guardamos en la nevera donde no recibió ningún tipo de radiación. Otro de ellos (el número 5) lo llevó uno de los participantes siempre encima. La muestra nº 1 la colocamos aproximadamente a 10 metros de la antena y a una altura, en relación con ésta, de unos 3.5 metros. La nº 2 aproximadamente a 50 metros y a una altura de 1.2 metros. La muestra nº 3 a aproximadamente 200 metros y a una altura de 1 metro. Y la muestra nº 4 a aproximadamente 500 metros y a una altura de 1 metro".

LOS RESULTADOS
"Una vez pasados 49 días -continúan explicando en su informe- recogimos las muestras de sus respectivos lugares y los resultados se observaban a simple vista. El bote situado a sólo 10 metros de la antena móvil había adquirido un tono amarillento mientras que el de control presentaba una transparencia impecable. Luego, una vez en el laboratorio, medimos a una longitud de onda de 600 nanómetros la pigmentación producida por la oxidación de la cisteína".
Pues bien, los resultados obtenidos sobre densidad óptica fueron éstos:


Luego, tras averiguar la densidad óptica de las muestras de cisteína, los estudiantes se procedió a analizar la capacidad antioxidante de cada uno de los viales que contenían cisteína utilizando el Método de Somogy-Nelson que se basa en la oxidación de compuestos reductores por compuestos cúpricos en solución alcalina. El reactivo tiene como ventaja que es muy estable, se puede usar entre límites muy amplios (entre 0.01mg y 3mg) y es válido en todo tipo de compuestos químicos o biológicos. Los estudiantes incluso detallan cómo se prepararon los reactivos:
"El reactivo de Somogy se compone de la siguiente manera:
-Se agregan, agitando, CO3 Na2 (24g) tartrato sódico-potasio (12g) y HOH (250ml) sobre SO4 Cu (4g) y HOH (40ml).
-Se añade sobre la mezcla 16 g de bicarbonato sódico.
-Se disuelven 180 g de SO4 Na2 anhidro en 500 ml de agua caliente y se hierve para eliminar el aire.
-Una vez fría la segunda mezcla se añade a la primera y se completa con un litro de agua destilada.
-Finalmente, esta solución se deja reposar a 30º C en la oscuridad durante una semana tras la cual se filtra y se guarda en un frasco topacio.
La preparación del reactivo Nelson consta de los siguientes pasos:
-Se disuelven 25 g de molibdato amónico en 450 ml de HOH.
-Se añaden lentamente 21 ml de ácido SO4 H2 concentrado.
-Se mezcla con 3 g de AS04H2Na2 diluidos (agitando) en 25 ml de HOH y se pone en una estufa a 37º C durante 48 horas.
-Finalmente se guarda en un frasco topacio a temperatura ambiente".
Finalmente agregan los pasos que siguieron para averiguar el nivel de oxidación:


"1º) Ponemos 0.5 ml de cisteína en cada uno de los tubos de ensayo.
2º) Añadimos 0.5 ml del reactivo Somogy y lo agitamos obteniendo una mezcla de color azul claro.
3º) Hervimos la solución durante 15 minutos al baño maría obteniendo un tono verde oscuro.
4º) Añadimos el reactivo Nelson (0.5ml) y lo agitamos obteniendo en este caso un color azul oscuro. Pudiendo diferenciar distintos tonos entre cada tubo de ensayo dependiendo de su oxidación.
5º) Añadimos 9.5 ml de agua destilada y agitamos la mezcla para homogeneizarla.
6º) La leemos a 540 nanómetros en el espectrofotómetro para obtener los resultados finales".

Una vez obtenidos los datos (véase en el recuadro adjunto el esquema de los pasos seguidos y los resultados) éstos se multiplicaron por dos a fin de que la magnitud medida fuera de 1 mg/ml ya que la concentración de la cisteína en los viales era de 0.5 mg/ml. Y, por último, se calculó con el espectrofotómetro la capacidad antioxidante de cada muestra.


¿Y CUÁL FUE LA CONCLUSIÓN?
Dejemos que ellos mismos nos la expliquen: "Nuestra conclusión es que en un periodo de tiempo tan pequeño como 49 días los efectos oxidantes sobre nuestras células es masivo (el máximo casi llega al 29%). Y, por lo tanto, aun con los procesos de regeneración que posee nuestro organismo las personas que están sometidas a estas ondas electromagnéticas tienen una alta probabilidad de generar tumores cancerígenos tarde o temprano. Creemos que el Gobierno debería tomar medidas respecto a este gravísimo problema ya que los perjudicados no son sólo los usuarios de la telefonía móvil sino todos aquellos que se encuentran relativamente cerca de las antenas móviles. También proponemos a todo aquel preocupado por el medioambiente y la salud humana que utilice el móvil lo mínimo posible para reducir la cantidad de ondas que nos atraviesan cada segundo".
Son, en suma, las conclusiones de un grupo de jóvenes que aun sabiendo las ventajas que ofrece la telefonía móvil valoran su salud por encima de todo. Jóvenes donde prima el sentido común. Jóvenes que con poco dinero y un esfuerzo asumible para unos simples estudiantes han dejado en ridículo a nuestros políticos y en evidencia a las empresas de electricidad y telefonía.
Y no crea el lector que se trata de un experimento anecdótico porque no lo han llevado a cabo investigadores de primera línea. Los expertos consultados por esta revista están seguros de que si se repitiera este trabajo por personal más avezado los resultados serían los mismos o similares.
Se trata además de un experimento contundente: demuestra que las radiaciones electromagnéticas pueden afectar a nuestra salud de forma rápida y peligrosa. Porque es verdad que no es lo mismo actuar sobre la cisteína que se halla en un tubo que en un organismo vivo ya que éste puede reaccionar pero demuestra que puede afectar muy negativamente al principal antioxidante de los seres humanos.
El experimento, además, es sencillo y puede repetirse con cobayas. En poco tiempo. Con muy bajo coste. ¿Estarán pues dispuestos a llevarlo a cabo las empresas productoras de radiaciones o nuestras autoridades? Sinceramente, lo dudamos.


José Antonio Campoy





Bomberos preocupados
En enero de este año 65 de los 95 bomberos del parque de la madrileña población de Villaverde pidieron por escrito al Ayuntamiento la retirada de una antena cercana a su centro de trabajo porque, según manifestaron, "cuando está en servicio tenemos insomnio y dolor de cabeza". Y se encuentran preocupados porque además a uno de ellos se le encontró un tumor cerebral. El Ayuntamiento, por su parte, se limita a negar que haya evidencias científicas de que las ondas de telefonía sean perjudiciales y, por tanto, se niegan a retirarla.
Y otro tanto pasa con los bomberos de la también madrileña población de Villaviciosa de Odón algunos de los cuales han reconocido estar angustiados porque en el parque hay dos líneas eléctricas de alta tensión y otras dos de telefonía móvil. Una situación que se decidió a denunciar el Sindicato de Bomberos de la Comunidad de Madrid, federado en la Coalición Sindical Independiente de Trabajadores (CSIT-Unión Profesional).
"Al peligro de electrocución tenemos que sumar ahora el riesgo sanitario pues ya se han detectado cuatro casos de cáncer entre los compañeros así como la aparición de sintomatología muy diversa: cefaleas, malestar general, fatiga, insomnio, estrés y estados de ansiedad", denunciaría Juan Carlos Martínez, secretario de acción sindical.
Pero tampoco a ellos se les escucha. Aunque se trata de profesionales que por exigencias del trabajo cuidan mucho su salud y lo que les está pasando no se justifica.



El peligro de las radiaciones electromagnéticas está constatado
Como hemos explicado en varias ocasiones el peligro de las radiaciones electromagnéticas en la salud está constatado por numerosos estudios destacando entre ellos el realizado por Darío Acuña Castroviejo, catedrático de Fisiología de la Universidad de Granada, quien en un trabajo titulado Informe científico sobre los efectos de los campos electromagnéticos en el sistema endocrino humano y patologías asociadas afirmaría lo siguiente:
"Las ondas electromagnéticas generadas por las corrientes eléctricas y por las microondas (telefonía, telefonía móvil, radiofrecuencias, telefrecuencias, radares civiles y militares, etc.) interfieren y distorsionan el funcionamiento normal del organismo humano. Aunque en la bibliografía científica hay cierta controversia se han publicado con suficiente rigor metodológico diversos efectos nocivos en las personas expuestas. Los principales efectos perjudiciales de la exposición a campos electromagnéticos son los siguientes:
a) Trastornos neurológicos como irritabilidad, cefalea, astenia, hipotonía, síndrome de hiperexcitabilidad, somnolencia, alteraciones sensoriales, temblores y mareos.
b) Trastornos mentales: alteraciones del humor y del carácter, depresiones y tendencias suicidas.
c) Trastornos cardiopulmonares: alteraciones de la frecuencia cardiaca, modificaciones de la tensión arterial y alteraciones vasculares periféricas.
d) Trastornos reproductivos: alteraciones del ciclo menstrual, abortos, infertilidad y disminución de la libido sexual.
e) Incremento del riesgo de algunos tipos de cáncer como las leucemias agudas y los tumores del sistema nervioso central en la infancia.
f) Trastornos dermatológicos: dermatitis inespecíficas y alergias cutáneas.
g) Trastornos hormonales: alteraciones en el ritmo y niveles de melatonina, substancias neurosecretoras y hormonas sexuales.
h) Trastornos inmunológicos: alteraciones del sistema de inmunovigilancia antiinfecciosa y antitumoral".

Y algunos dicen aún que no hay "evidencias científicas" de su peligrosidad.



Síntomas del "estrés electromagnético"
En un extenso y cuidado trabajo de investigación efectuado en la Universidad de Reading (Gran Bretaña) Clements y Croome determinaron hace ya varios años los efectos del "estrés electromagnético" que las radiaciones provocan sobre el organismo y son nada menos que las siguientes:

Sobre el sistema nervioso:
  Insomnio.
  Angustia.
  Depresión.
  Trastornos de la atención, de la concentración y de la rapidez.
  Trastornos de memoria.
  Dolores de cabeza.
  Irritabilidad, parestesias, espasmofilia.
  Desregulación de los ritmos circadianos por modificación de la secreción nocturna de melatonina.

Sobre el sistema vascular:
  Hipertensión arterial.
  Aumento de la viscosidad de la sangre.
  Alteraciones del ritmo cardiaco.

Sobre el sistema inmunitario:

  Alteración de la viabilidad de los linfocitos.
  Alteración de las secreciones de las diferentes inmunoglobulinas.
  Disminución de la secreción de ACTH y de corticoesteroides. (El resultado es una disminución de la resistencia a las infecciones así como de cansancio y aumento de las alergias).

Sobre el sistema visual:

  Ojos rojos con lágrimas que pican, sequedad y visión borrosa.
  Modificación de la convergencia cuya consecuencia es una modificación del tono postural.
  Interferencias con ciertos tratamientos de glaucoma.

Sobre el sistema osteoarticular:

  Adaptación de los diferentes captores electromagnéticos cuya consecuencia es una modificación de posición del cuerpo en el espacio con dolores que se vuelven crónicos (desaparecen cuando hay más de 4 o 5 días de descanso).
  Dolores, calambres, rampas, articulaciones tensas.

Sobre el sistema cutáneo:
  Piel seca con descamación.
  Picazón.
  Urticaria.
  Sensibilidad aumentada al herpes.

Fuente:

Por david_kether - 17 de Mayo, 2008, 23:41, Categoría: Salud.
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LOS ANTIDEPRESIVOS: ADEMÁS DE PELIGROSOS, INÚTILES.



Un equipo de investigadores británicos y estadounidenses acaba de constatar, tras revisar los 47 estudios que la FDA recibió entre 1987 y 1999 sobre seis antidepresivos de nueva generación -los conocidos inhibidores de recaptación de la serotonina (ISRS)-, que no son más eficaces que ¡un simple placebo! Sólo parece que podrían ayudar en los casos más graves e incluso eso es discutible. Y hablamos de fármacos que sí se ha demostrado que pueden ocasionar graves problemas de salud, desde pérdida de masa ósea a episodios de violencia injustificada pasando por ideas suicidas. Los psiquiatras intentan defender su uso pero lo cierto es que su prescripción en el caso de los tratamientos continuados es cada día más difícil de defender. La pregunta ahora es: ¿acudirán los afectados a los tribunales?

Pocos días antes de escribir estas líneas una persona muy allegada a mí visitó a un endocrino para perder algo de peso como recomiendan los expertos: sin recurrir a fármacos milagrosos y siguiendo las directrices de un especialista. Bueno, pues salió de la consulta con algún que otro buen consejo, una dieta, un drenador linfático... y ¡una receta de Fluoxetina-20 mg! Es decir, de un Inhibidor Selectivo de la Recaptación de Serotonina (ISRS) más conocido internacionalmente por su nombre comercial: Prozac.
Sorprendida ya que no padece ni depresión ni ninguna de las dolencias para las que se supone que sirve ese fármaco me preguntó mi opinión. Y como entendí que a pesar de todo estaba dispuesta a consumirlo le pregunté si se había leído el prospecto. "No -me respondió-, pero me lo ha mandado el médico". Le invité pues a hacerlo y pronto comprobaría que estaba indicado sólo para la depresión, el trastorno obsesivo-compulsivo y la bulimia nerviosa. Sin embargo -y permítaseme el inciso-, si uno lee la ficha técnica del Prozac -idéntico al genérico Fluoxetina- comprueba que en realidad sólo está aprobado su consumo en los casos de episodios depresivos mayores. Ni siquiera en los de depresión en general. En cuanto a mi amiga era obvio que ni tenía depresión, ni trastorno obsesivo-compulsivo alguno ni sufría bulimia nerviosa.
La invité luego a leer los posibles efectos secundarios del fármaco y debo decir que le produjo la misma sensación que un relato de terror. Con lo que se planteó claramente qué sentido tenía tomar Prozac cuando lo que quería era sólo perder algo de peso. Me limité a mirarla y la dije: "Tú misma". Y ella, dándose media vuelta, se dirigió de nuevo a la farmacia donde se lo habían proporcionado para devolver el producto. Allí se encontraría sin embargo con el asombro de la dependienta que no entendía que quisiera hacer eso y decidió convencerla con un "argumento de peso": "¡Pero si se lo recomiendan mucho a los niños! Eso es profesionalidad. Y ética.
Sirva el ejemplo para corroborar la extendida sospecha de que la fluoxetina -es decir, el Prozac- se está hoy prescribiendo también para depresiones leves y moderadas, problemas relacionados con el alcoholismo, el trastorno por déficit de atención en los niños, ciertos trastornos del sueño, migrañas, el trastorno por estrés postraumático, el Síndrome de Tourette, la obesidad, algunos problemas sexuales y ciertas fobias. Es más, los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) son igualmente prescritos en algunos casos para tratar el insomnio, la ansiedad, la timidez, la tristeza, el malestar menstrual, el dolor, la enuresis, la demencia, la impotencia y el síndrome de piernas inquietas -por mencionar sólo algunos- a pesar de que no está aprobado para ninguna de tales disfunciones y no hay estudios científicos que respalden esa decisión por parte de los médicos.
Claro que ello explica el incremento constante del consumo de antidepresivos en nuestro país. Hay una sobreprescripción descarada e injustificable que beneficia sobre todo a los laboratorios que los comercializan. Pero no a los enfermos.
Y, si no, juzgue el lector las siguientes cifras. En sólo diez años -entre 1995 y 2005- se ha incrementado el uso de antidepresivos en España un 214%. Más en concreto, en 1995 el Sistema Nacional de Salud recetó más de siete millones de envases de antidepresivos a los españoles, cifra que se triplicó en el 2005 hasta alcanzar más de 22 millones de cajas cuyo coste para el estado fue de 629.597.577 euros. Y hablamos sólo de los antidepresivos recetados -y, por tanto, controlados- dentro del Sistema Público de Salud. Sin contabilizar lo que la gente compra por su cuenta.
Preocupante problema que agrava el saber que cada vez se diagnostica a más jóvenes de depresión y otros trastornos mentales. Según algunos datos la "depresión" afecta ya al 2% de los niños menores de 12 años y al 8% del grupo de edad comprendido entre los 12 y los 16.
Bien, pues entre esos más de 22 millones de cajas de antidepresivos que se recetaron en el 2005 los más prescritos fueron los Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina (ISRS) que incluyen la fluoxetina (Prozac), la sertralina, el citalopram, la fluvoxamina y el escitalopram pero también en un número importante de casos se recetaron Inhibidores Selectivos de Recaptación de la Serotonina/Norepinefrina (ISRSN) como la venlafaxina, la duloxetina y el milnacipran. Y si bien es cierto que hay personas que aseguran sentirse mejor tras tomar esos psicofármacos no lo es menos que muchos otros también se sienten mejor tras tomar un placebo. Pero sobre todo, no se justifica en modo alguno que se estén recetando a niños. Para empezar, sus padres deberían ser conscientes de algo indiscutible: ningún antidepresivo es inocuo. Y lo que es aún más importante: jamás se ha probado científicamente su eficacia.

LA MISMA EFICACIA QUE UN PLACEBO
Un grupo de investigadores del Departamento de Psicología de la Universidad de Hull (Reino Unido), de la Universidad de Wyoming (EEUU), del Centro para la Salud, Intervención y Prevención de la Universidad de Connecticut (EEUU), del Departamento de Psicología de la Universidad de Windsor (Cánada) y del Instituto de Medicación Segura de Pennsylvania (EEUU) publicó recientemente en Public Library of Science (PLoS) un metaanálisis sobre la eficacia real de los Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina (ISRS) titulado Severidad inicial y beneficios de los antidepresivos: meta-análisis de datos suministrados por la Food and Drug Administration (FDA) cuya conclusión no puede ser más reveladora, clarificadora y contundente: "Las diferencias en la eficacia del antidepresivo frente al placebo -afirman los investigadores- se incrementan en función de la gravedad de referencia pero las diferencias son relativamente pequeñas, incluso para los pacientes gravemente deprimidos. La relación entre la gravedad inicial y la eficacia de los antidepresivos se debe a una disminución de la respuesta al placebo entre pacientes severamente deprimidos y no a una mayor capacidad de respuesta a la medicación". Es decir, que tanto en las depresiones leves como en las moderadas y graves la eficacia de los antidepresivos es mínima por no decir nula.
Es importante señalar que el objetivo de este metaanálisis era establecer la relación entre la gravedad y la eficacia de los antidepresivos utilizando los datos de los ensayos clínicos publicados pero también los de los no publicados ya que los autores eran conscientes de que para llegar a la verdad no podían fiarse sólo de los primeros. "Los metaanálisis convencionales -puede leerse en el artículo- están a menudo limitados a los datos publicados. En el caso de los fármacos antidepresivos esa limitación se traduce en la presentación de informes considerablemente sesgados caracterizada por la publicación selectiva de información de estudios patrocinados por las compañías farmacéuticas". Así que partiendo de esa premisa lo que hicieron los investigadores fue valerse de la Ley de Libertad de Información (FOIA) para obtener de la FDA toda la información públicamente liberable sobre los ensayos clínicos realizados para la aprobación de la fluoxetina, la venlafaxina, la nefazodona y la paroxetina.
Luego, obtenidos los datos, utilizaron técnicas de metaanálisis para investigar si la gravedad inicial de la depresión afectaba a la mejora de las calificaciones de la Escala de Valoración de la Depresión de Hamilton (HRSD) por la que los médicos miden la gravedad de la depresión con un cuestionario con puntuaciones entre 17 y 21. Sepa el lector que a las respuestas dadas a cada pregunta de esta Escala se le atribuye una puntuación concreta que se va sumando. Si la puntuación total para el cuestionario es de más de 18 puntos se diagnostica depresión severa. En los casos en los que sólo se detecta depresión leve el tratamiento habitual es la psicoterapia o terapia de conversación (por ejemplo, la terapia cognitivo-conductual ayuda a la gente a cambiar formas de pensamiento y comportamiento negativo) pero si la depresión es más grave se combinarán psicoterapia y fármacos antidepresivos que, según la hipótesis oficial, normalizan las sustancias químicas cerebrales que afectan al ánimo. Eso a pesar de que hay voces que aseguran que no está en absoluto demostrado que sea una causa bioquímica cerebral relacionada con la serotonina la desencadenante de los episodios depresivos. Es más, el análisis de los estudios llevado a cabo por estos investigadores no deja lugar a dudas. "Tras valorar el conjunto de datos completo -incluyendo pues los datos no publicados-, considerablemente más amplio que los reportados, nos encontramos con que el efecto global de la nueva generación de antidepresivos está por debajo de los criterios recomendados para que se consideren clínicamente significativos. También encontramos que la eficacia sólo alcanza significación clínica en la mayoría de los ensayos que incluían pacientes extremadamente deprimidos y que este patrón se debe a una disminución en la respuesta al placebo en lugar de a un aumento en la respuesta a la medicación (…) Teniendo en cuenta estos datos parece haber pocas pruebas que apoyen la prescripción de los antidepresivos en los pacientes más severamente deprimidos a menos que los tratamientos alternativos no hayan proporcionado beneficios".
Los resultados del estudio son tan demoledores que la reacción no se ha hecho esperar. No en nuestro país, por supuesto, pero sí en Gran Bretaña. Ivan Lewis, Ministro de Salud, ha tomado una decisión sin precedentes: exigir a la industria farmacéutica que proporcione todos los datos que obran en su poder -publicados o no- y anunciar que el Instituto Nacional para la Salud y la Excelencia Clínica (NICE) va a revisar las actuales directrices sobre la depresión. "No hacerlo -manifestó a The Guardian- daría la inevitable impresión de que hay algo que ocultar".
El congresista demócrata norteamericano Jim McDermott, presidente de la Subcomisión de Seguridad y Apoyo a la Familia del Congreso, ha anunciado por su parte la convocatoria de una audiencia para examinar el uso de sustancias psicotrópicas entre los niños acogidos al sistema de hogares de acogida estatal.
¿Y en España? ¿Va a hacerse algo? ¿Se investigará oficialmente? ¿Se exigirán responsabilidades? La experiencia nos dice que podemos esperar sentados.

DATOS OCULTOS
La investigación británico-estadounidense arroja sin duda luz en el oscuro mundo que rodea a los antidepresivos. Porque no se trata de un estudio aislado que los psiquiatras mejor intencionados puedan echar esta vez en saco roto. No es una pieza más. Aunque haya habido otros ejemplos. De hecho a comienzos de este mismo año se publicó en The New England Journal of Medicine otro estudio -Selective Publication of Antidepressant Trials and its Influence on Apparent Efficacy-, considerado el más exhaustivo hasta el momento, en el que se analizaban los datos -publicados y no publicados- de 74 ensayos -todos ellos en poder de la FDA- sobre 12 antidepresivos. Ensayos que sufrieron una suerte desigual pues 38 fueron considerados positivos por la FDA y publicados -menos uno- y 36 negativos (por eso 22 de ellos jamás vieron la luz y sólo se publicaron correctamente 3; los otros 11 también se publicaron pero de forma que a pesar de ser negativos parecían positivos).
En resumen, como la inmensa mayoría de lo publicado correspondió sólo a los ensayos que beneficiaban a la industria los médicos y psiquiatras deducían que el 94% de los mismos daban resultados favorables. La realidad, en cambio, era muy distinta. Según los datos de la FDA sólo el 51% lo eran. Bien es verdad que los datos de esta investigación corresponden a años anteriores al 2004, año en el que los grandes laboratorios -acosados por innumerables denuncias- se comprometieron públicamente a regirse por un estricto código de buen comportamiento a la hora de presentar y facilitar el acceso a los datos de los ensayos, fueran positivos o no. En todo caso, lo descubierto refleja las estrategias seguidas por los laboratorios hasta hace bien poco y en virtud de las cuales las ventas en España crecieron un 214% en diez años como ya hemos mencionado.
"Se trata de un estudio muy importante por dos razones -declararía al New York Times el doctor Jeffrey M. Drazen, Editor Jefe del The New England Journal-. Una de ellas es que cuando uno prescribe un fármaco quiere estar seguro de que cuenta con los mejores datos posibles. Usted no compraría una partida si sólo supiera la tercera parte de la verdad. En segundo lugar, hay que mostrar respeto por las personas que entran en un ensayo. No afrontan los riesgos para que luego las compañías oculten los datos".
Además "no se puede determinar -como escribieron los autores en sus Conclusiones- si la tendencia observada se debió a un fallo a la hora de presentar los manuscritos por parte de los autores y patrocinadores o a las decisiones tomadas por los editores de revistas y de los revisores para no publicar, o de ambos. La presentación selectiva de informes con los resultados de los ensayos clínicos pueden tener consecuencias adversas para los investigadores, los participantes del estudio, los profesionales de la salud y los pacientes".
También Erick H. Turner, director del estudio, psiquiatra y ex revisor de la FDA que ahora trabaja en la Oregon Health and Sciences University y en el Portland Veterans Affairs Medical Center Turner, resumía lo que esta selección sesgada puede significar para los galenos: "Antes o después los médicos -manifestaría al New York Times- terminan preguntándose cómo es posible que esos medicamentos funcionen tan bien en todos los estudios y ellos no obtengan resultados". Una pregunta que podría considerarse retórica si no fuera porque a cada paciente al que un médico introduce en el mundo de los antidepresivos se le está obligando a afrontar riesgos en algunos casos inimaginables y que, incluso, pueden llevarle a situaciones que pongan en peligro su propia vida y la de otros. Lo explicamos.

VIOLENCIA INDIVIDUAL Y SOCIAL
El pasado 19 de febrero el New York Times publicaba un reportaje titulado Los informes sobre el uso de antidepresivos por los tiradores solitarios renuevan el debate sobre los efectos secundarios de los antidepresivos en el que informaba que Steven P. Kazmierczak, autor de la última gran matanza acaecida en un centro escolar de Estados Unidos, había dejado de tomar Prozac poco antes de matar a tiros a cinco estudiantes de la Universidad del Norte de Illinois y suicidarse después. Su novia, Jessica Baty, afirmaría durante una entrevista en la CNN que Kazmierczak tomaba Prozac para combatir la ansiedad y el comportamiento compulsivo pero que "le hacía sentir como un zombi". Un caso espeluznante, sí, pero sólo una más de las decenas de matanzas absurdas llevadas a cabo por adolescentes que estaban siendo tratados con antidepresivos.
¿Y qué opinan los psiquiatras al respecto? Pues en lugar de reconocer la ineficacia de los fármacos y los terribles efectos secundarios que conlleva su consumo -en particular el suicidio- siguen defendiendo su consumo e, incluso, se atreven a insinuar que las críticas que se hacen de ellos pueden llevar a muchos enfermos a no consumirlos y ello impedir que sean tratados adecuadamente. Y, sin embargo, los datos aparecidos este año plasman una realidad bien distinta: los antidepresivos no sólo no curan sino que encima provocan cada vez más problemas, suicidios incluidos.
Según las informaciones de que se dispone a nivel nacional sobre los suicidios de personas de entre 18 y 84 años acaecidos en Suecia durante el 2006 más del 80% habían sido "tratadas" con fármacos psiquiátricos, más del 60% con antidepresivos y/o neurolépticos.
Lo que también pone en evidencia este estudio es que las mujeres son las principales consumidoras de antidepresivos. De las 377 suecas que se suicidaron ese año 197 -es decir, el 52%- había tomado antidepresivos en los 180 días anteriores a su muerte y 29 -el 8%- neurolépticos "antipsicóticos".
Son igualmente ilustrativos los resultados del primer estudio conocido llevado a cabo sobre antidepresivos, violencia y sus posibles repercusiones legales titulado Antidepressants and Violence: Problems at the Interface of Medicine and Law (Antidepresivos y violencia: problemas en la relación entre la Medicina y la Ley).
"Hemos repasado
-explican en su estudio David Healy y David B. Menkes, psicólogos de la Universidad de Cardiff (Reino Unido) y Andrew Herxheimer, del Centro Cochrane del Reino Unido- los datos de los ensayos clínicos disponibles sobre paroxetina y sertralina, los estudios de farmacovigilancia sobre paroxetina y fluoxetina, y una serie de casos médico-legales que involucran antidepresivos y situaciones violentas. Y tanto los ensayos clínicos como los datos de farmacovigilancia apuntan posibles relaciones entre esas drogas y los comportamientos violentos. Los casos legales estudiados revelan una variedad de veredictos. Y muchas jurisdicciones parecen no considerar la posibilidad de que un medicamento de prescripción pueda inducir a la violencia" (vea en nuestra web el reportaje que publicamos al respecto en el número 88 de la revista).
Healy, Herxheimer y Menkes analizaron los escasos datos proporcionados por los laboratorios, los que obraban en poder de la Agencia Reguladora Británica, los conseguidos en los tribunales y los 1.374 correos electrónicos que fueron enviados a la BBC por los telespectadores -principalmente pacientes- tras ver un programa sobre la paroxetina emitido en el año 2002. Y tras examinar toda esa información declararon: "Hay evidencias suficientes para sostener que el tratamiento antidepresivo puede inducir problemas y una prima facie (evidencia que es suficiente para levantar una presunción de hecho) de que la acatisia, la inestabilidad emocional y la reacción maníaca o reacciones psicóticas podrían llevar a violencia".
Por otro lado, también se pueden extraer conclusiones documentadas visitando la web www.ssristories.com que recoge más de 2.000 noticias de actos de violencia de personas que reconocían tomar antidepresivos o haberlos dejado de tomar poco antes. Se trata de casos de comportamientos extraños, tiroteos en centros escolares, incidentes violentos, tragedias por conducción agresiva, asesinatos, homicidios, suicidios y otros actos de violencia. "En algunas historias -puede leerse en la presentación de esta web- se reconoce la causalidad y la yuxtaposición de estas historias con aquellas en las que la causalidad no está directamente reconocida así como la repetición de temas y circunstancias. Es escalofriante. Si efectivamente los medicamentos desempeñan un papel importante en todas estas tragedias entonces se trata de un problema de salud pública de proporciones epidémicas a escala mundial".
Además, según se recuerda en esa web -creada por familiares de víctimas asociadas al uso de antidepresivos-, el Physicians' Desk Reference -compilación destinada por los fabricantes a los médicos con información relevante sobre los medicamentos- enumera las siguientes reacciones adversas a los antidepresivos entre una multitud de otros efectos físicos y neuropsiquiátricos: reacciones maníacas (cleptomanía, piromanía y dipsomanía), inestabilidad emocional, alteraciones del pensamiento, abuso del alcohol, alucinaciones, hostilidad, falta de emociones, reacción paranoide, amnesia, confusión, agitación, delirium, histeria, psicosis, trastornos y alteraciones del sueño y síndrome de retirada del medicamento. Y añaden que las reacciones adversas ocurren sobre todo al iniciar o suspender el tratamiento -por lo que aconsejan que se sea muy consciente de los riesgos asumidos y de si la gravedad del padecimiento es tal que se haga necesario recurrir a estos fármacos-, al aumentar o reducir la dosis o al cambiar de un ISRS a otro. También advierten de que la retirada de cualquiera de estos medicamentos, especialmente si se hace de forma abrupta, puede causar graves trastornos neuropsiquiátricos y síntomas físicos por lo que es importante retirar muy lentamente estos fármacos, por lo general en un período de un año o más y bajo la supervisión de un especialista cualificado y con experiencia.
Pero es que a las reacciones adversas enumeradas en el Physicians' Desk Reference hay que sumar las que la propia FDA publicó en un Public Health Advisory el 22 de marzo de 2004 en el que se puede leer: "La ansiedad, agitación, ataques de pánico, insomnio, irritabilidad, hostilidad, impulsividad, acatisia (grave inquietud), hipomanía y manía han sido reportados en pacientes adultos y pediátricos tratados con antidepresivos por trastorno depresivo mayor así como para otras indicaciones, tanto psiquiátricas y no psiquiátricas".
Ante este desolador panorama cada vez más profesionales de la salud afirman que si los pacientes fueran debidamente informados de los posibles efectos secundarios de los antidepresivos y de su dudosa eficacia serían sin duda más reacios a ingerirlos.
Nosotros, por nuestra parte, creemos que ha llegado el momento de que el Ministerio de Sanidad y Consumo abra lo antes posible una investigación sobre la presunta eficacia de los antidepresivos. Y que mientras prohíba de inmediato su uso a no ser que se demuestre que han sido agotadas todas las vías terapéuticas posibles y sólo se permita en los casos para los que exista documentación científica; al menos en niños.

Antonio F. Muro

Fuente: http://www.dsalud.com/numero104_1.htm



Por david_kether - 17 de Mayo, 2008, 23:26, Categoría: Salud.
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