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Efecto placebo: La mente, nuestra mejor medicina.

PLACEBO UNA DROGA POTENTE.

El misterioso efecto placebo está experimentando un renacimiento. Se ha descubierto un gen placebo y cada vez son más las investigaciones que confirman su existencia y muestran su relación con la química cerebral. Su estudio podría arrojar nueva luz sobre las interacciones mente-cuerpo.

“Siendo estudiante de Medicina en los años setenta, me encontré con el efecto placebo en el Hospital Universitario de Valladolid, donde trabajaba de auxiliar en el departamento de Oncología. Los protocolos no se habían impuesto todavía. El jefe de servicio no soportaba que los enfermos sufrieran y estableció una escala para el tratamiento del dolor que se iniciaba con medicamentos leves e incluía la morfina y el tilitrate. En lo más alto de la escala estaba una inyección de suero fisiológico que se inyectaba con el consentimiento firmado del paciente. Mientras estuve allí nunca la vi fallar. Me encontré después la famosa inyección de suero en muchos servicios de urgencia para tratar dolencias psicosomáticas”. El testimonio que antecede corresponde al doctor Federico J. Arranz Calderón, cuyas experiencias universitarias le permitieron comprobar el poder del efecto placebo, largo tiempo desdeñado por la medicina moderna debido en gran medida a la escasa comprensión de su mecanismo de funcionamiento. En la descripción del Hooper’s Medical Dictionary (1811), por ejemplo, se decía:
“Un placebo es cualquier medicamento recetado más para satisfacer al paciente que por su eficacia terapéutica”.
Aunque esta definición todavía se encuentra en muchos libros actuales de Medicina, en las últimas décadas “la fama de los placebos como fraudes engañosos ha experimentado una considerable reconstrucción. Para los practicantes de medicinas alternativas, la respuesta placebo representa las misteriosas fuerzas autocurativas generadas por la conexión mente-cuerpo”, apunta la escritora científica Carol Hart.

Por su parte, H. Spiro señala en The Power of Hope (1998) que ”muchos médicos convencionales están urgiendo a sus colegas a hacer un uso más efectivo de la sanación con placebos simplemente interactuando con sus pacientes con mayor empatía y atención”.

Una droga potente


Uno de los investigadores actuales más destacados en la materia, el italiano Fabrizio Benedetti, demostró en 2005 lo que el doctor Arranz Calderón había comprobado tantas veces en aquel hospital universitario. Tras administrar una solución salina a enfermos de Parkinson, Benedetti y su equipo midieron la actividad neuronal de sus cerebros y comprobaron que esta disminuía a la vez que desaparecían los temblores y la rigidez muscular: “La mente puede alterar la bioquímica del cuerpo. La relación entre expectativa y resultado terapéutico es un modelo maravilloso para comprender la interacción mente-cuerpo”, señalaba Benedetti en un trabajo publicado en Nature Neuroscience. No se trata de algo nuevo, advierte la experta en parapsicología Serena Roney-Dougal en su obra Where Science and Magic Meet
(2002), donde analiza cómo nuestros sistemas de creencias controlan nuestras acciones y cómo nuestra realidad no es fija, sino más bien un montaje fabricado por una conspiración elaborada por nuestras mentes consciente e inconsciente:

“Un ejemplo médico bien conocido del poder de la mente subliminal es el del efecto placebo: cualquier cosa puede curarse si el médico y el paciente creen en el método. Cuando la duda acecha se impide la curación. El efecto placebo es probablemente el efecto farmacológico más potente de la medicina moderna”. Así pues, no es ninguna falacia afirmar que nuestra mente afecta a nuestro cuerpo. En este sentido, Roney-Dougal pone el ejemplo extremo del poder de la mente que tienen los estigmatizados para dañarse a sí mismos haciendo sangrar sus manos, sus pies y a veces sus costados. Afortunadamente, la mente humana es capaz también del efecto contrario, es decir, de curar cualquier patología, como están poniendo de manifiesto los últimos descubrimientos relacionados con el efecto placebo. Hace menos de un año se publicaron los resultados de unas investigaciones sumamente alentadoras: apuntaban que los placebos activan un opiáceo en el cerebro. Si son capaces de activar sustancias químicas para aliviar el dolor, esto supone que su efecto es real y no meramente imaginario, a pesar de que los tratamientos con placebos se basen en sustancias que carecen de ingredientes activos.

Gen placebo


Este descubrimiento no es el único en relación con esta cuestión. El más reciente confirma la existencia de un gen placebo. ¿Supone esto que aquellos que lo poseen están en mejor disposición de curarse con un tratamiento placebo? ¿Acaso la ausencia de dicho gen es responsable de los fracasos comprobados en otros casos con idéntico tratamiento? Son muchos los interrogantes que suscita este tema y muchos los debates entre defensores y detractores. Mientras para los primeros el efecto placebo es la panacea, los segundos echan por tierra los argumentos que apuestan por su aplicación indiscriminada para todo tipo de problemas médicos. Dejamos a los lectores que saquen sus propias conclusiones tras valorar el análisis que aquí presentamos sobre la base de los citados estudios y de otros anteriores, que sugieren igualmente que el efecto placebo es real. En 1995, el doctor Andrew Weil denunciaba en su best seller La curación espontánea: “Los médicos no quieren saber nada de los placebos porque les fastidian los experimentos y parece una respuesta no científica desde el punto de vista del modelo bioquímico. Yo pienso que, lejos de ser un fastidio, es potencialmente el mayor aliado terapéutico que los médicos podemos encontrar en nuestros esfuerzos por mitigar la enfermedad”.
Por fortuna, otros médicos anteriores y posteriores a Weil se han propuesto descubrir los mecanismos del efecto placebo. Algunos han teorizado sobre la posibilidad de que la respuesta al placebo se relacione con la hipnosis, es decir, ese estado alterado de conciencia en el que somos muy receptivos a la sugestión. En este sentido, el doctor Henry Knowles Beecher, profesor de Anestesiología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard (EE.UU.), señalaba en un ensayo titulado The Powerful Placebo (1955) que la sugestión “está vinculada al efecto placebo a través de la vida sentimental o emocional del individuo, no de la mente racional. Se desarrolla a nivel inconsciente y, por tanto, se encuentra fuera del control voluntario”. El hecho de que todos nosotros podamos responder potencialmente al efecto placebo parece tener que ver con “nuestra genética como seres humanos”, según apuntaba ya el doctor Arthur K. Shapiro en los años cincuenta del siglo pasado. Como investigador de vanguardia en el centro médico Monte Sinaí de Nueva York, Shapiro contribuyó decisivamente a la comprensión del efecto placebo con su obra The Powerful Placebo: From Ancient Priest to Modern Physician (1997), donde mantenía que la historia normativa del tratamiento médico hasta hacía poco tiempo había sido la historia del efecto placebo:

TERAPIA COMBINADA.

“Aunque durante miles de años los médicos prescribieron lo que ahora sabemos que eran medicamentos inútiles y a veces incluso peligrosos, conservaban sus puestos de honor y respeto porque ayudaban a sus pacientes. Esto era posible por el potente efecto placebo... La eficacia terapéutica debería estudiarse y evaluarse a la luz de los principios metodológicos procedentes de este conocimiento”. Las investigaciones recientes confirman las apreciaciones de Shapiro de que todo el mundo parece responder al efecto placebo, pero hoy contamos además con la aparente existencia de un gen placebo. No está claro todavía si se relaciona con una mayor susceptibilidad a responder positivamente a tratamientos fingidos, pero es un gran paso en la comprensión del fenómeno. Este gen podría explicar por qué con frecuencia los resultados obtenidos en pruebas clínicas son ambivalentes. El gen en cuestión ha sido detectado por el psicólogo Thomas Furmark y sus colegas de la Universidad de Upsala (Suecia) a raíz de un experimento cuyos resultados fueron difundidos en diciembre de 2008. El equipo médico administró placebos a 25 de las 108 personas del estudio que padecían un trastorno de ansiedad social o miedo exagerado a ser juzgado por los demás. Al final del mismo, 10 de los 25 elegidos respondieron al placebo mejor que el resto. Su grado de ansiedad cayó a la mitad, mientras que en los otros 15 se mantuvo estable. El escáner cerebral mostró también que la actividad en la amígdala –centro cerebral que regula la respuesta al miedo– había descendido un 3%.

Con ánimo de comprobar si las diferencias entre unos sujetos y otros eran genéticas, Furmark buscó una versión particular de un gen que regula la producción de serotonina conocido como hidroxilasa-2 promotor (TPH2) y que está vinculado a un aumento de la actividad de la amígdala en la gente sana. Los análisis revelaron que al menos 8 de las 10 personas que habían respondido positivamente al placebo poseían dicha variante genética, mientras que ninguna de las otras la poseía, de modo que parece haberse encontrado en este TPH2 el primer marcador genético ligado a la respuesta placebo. Según declaraciones de Furmark, el efecto del gen podría extenderse a otros trastornos en los que está implicada la amígdala, como las fobias y la depresión.

Esperar una recompensa


Durante siglos se han prescrito fármacos que después han resultado ser ineficaces. Sin embargo, los pacientes registraban mejorías debido al efecto placebo. Sin embargo, el problema es que, según Fabrizio Benedetti, no parece haber un solo efecto placebo sino muchos. Benedetti cuestiona que todos los placebos funcionen a partir de factores genéticos y plantea que algunos pueden relacionarse con la expectativa de recibir recompensa. El estudio mediante la técnica de resonancia magnética funcional del cerebro de individuos que hacían apuestas mostró en la zona del núcleo accumbens un incremento de la secreción de dopamina, un neurotransmisor vinculado a la recompensa. Este núcleo está situado en la zona central del cerebro, vinculada a la habilidad para experimentar placer y recompensa, así como a la adicción a determinadas drogas. Todo lo anterior implica que investigadores como Benedetti y otros colegas implicados en el estudio de los placebos tengan dudas sobre la acción real de los fármacos (muchos de nueva experimentación), ya que el efecto placebo puede interferir o desvirtuar la interpretación de los resultados:

“El mero acto de administrar un fármaco activa una compleja cascada de sucesos bioquímicos en el cerebro del paciente”, declara el investigador. No cabe duda de que el asunto es controvertido, ya que los citados descubrimientos prueban la necesidad de cambiar la forma en que se llevan a cabo los experimentos con nuevos medicamentos. En relación con tales experimentos, el neurólogo británico Steven Rose denuncia en la obra Tu cerebro mañana (Paidós, 2008) la peligrosa manipulación a la que nos someten la poderosa industria farmacológica y sus asociadas, la miríada de nuevas compañías dedicadas a la biotecnología: “Para las grandes empresas farmacéuticas, descubrir y comercializar fármacos nuevos se está convirtiendo en una necesidad cada vez más imperiosa a medida que caducan las patentes de los productos ya existentes”. Por su parte, la doctora Luana Colloca,
que forma parte del equipo de Benedetti, insiste en la importancia de modificar la perspectiva desde la que se efectúan las pruebas clínicas: “La cuestión no es tanto diferenciar el efecto placebo del que produce un fármaco, sino determinar su poder. Podría explotarse para reducir las dosis de analgésicos con efectos secundarios potencialmente peligrosos”. “También permitiría explicar, por ejemplo, por qué el efecto placebo parece estar aumentando notablemente en las pruebas clínicas, causando problemas a las compañías farmacéuticas, que intentan probar que sus productos son mejores que los placebos”, añade.

No es preciso extenderse más en explicar por qué a los investigadores de las multinacionales farmacéuticas no les interesa estudiar las posibilidades terapéuticas de los placebos. Además, por suerte para ellos, hay mucha gente que les apoya. Son numerosos los médicos escépticos y detractores de los placebos que alegan, entre otras razones “de peso”, que no es lícito utilizarlos por pura ética profesional: no pueden engañar a sus pacientes con “sustancias inactivas”. Es la pescadilla que se muerde la cola, porque si los pacientes saben de antemano que se les está tratando con un placebo lo más habitual es que se anulen los efectos terapéuticos.

Terapia combinada


Como, así y todo, el empleo de placebos permite tratar numerosos trastornos sin los efectos secundarios adversos –a veces graves– que provocan buena parte de los fármacos actuales, algunos investigadores audaces están empezando a tratar ciertas enfermedades mediante la combinación de fármacos y placebos. Hace años ya se efectuó un experimento en Venezuela con niños asmáticos: se les hacía oler vainilla a la vez que se les administraba un broncodilatador. Pasado un tiempo, se les retiraba el fármaco y solo se les daba la vainilla. En uno de cada tres casos se obtuvieron resultados curativos. Uno de los pioneros de este tratamiento combinado es el psicólogo Nicholas Voudouris, de la Universidad La Trobe de Melbourne (Australia), que hace poco más de una década consiguió reducir el dolor provocado por descargas eléctricas de bajo voltaje utilizando una crema con supuestas propiedades anestésicas cuando en realidad carecía de ellas. Voudouris comprobó también que la crema surtió el mismo efecto positivo cuando a los voluntarios de la prueba anterior se les dijo que se trataba de un placebo.

LOS PLACEBOS MAS EFICACES.

Al parecer, se produjo un fenómeno de condicionamiento, es decir, que los voluntarios aprendieron a relacionar la crema con una sensación de mejoría. Con este método Voudouris pretendía demostrar –y parece que lo consiguió– que el placebo puede convertirse en una terapia eficaz si se combina adecuadamente con fármacos. Sus experimentos posteriores han obtenido los mismos resultados. Las pruebas de la efectividad de los placebos son cada vez más contundentes. Algunos de los resultados más impresionantes se han obtenido por casualidad, como sucedió en 1986 durante la aplicación de un nuevo tratamiento para la dolorosa inflamación que suele producirse tras la extracción de las muelas del juicio. Consistía en aplicar masajes en las mejillas del paciente con una sonda de ultrasonidos. Tras el mismo se comprobó que la inflamación se había reducido un 35%. Lo sorprendente es que los investigadores Charlotte Feinmann, Malcolm Harris y sus colegas, del University College y de la Universidad de Middlesex (Reino Unido), habían manipulado el equipo de forma que parecía estar encendido cuando, en realidad, no lo estaba. ¿Se obtuvo tal resultado por sugestión? Los investigadores no tuvieron ninguna duda de que así había sido. A medida que se avanza en la investigación y se acumulan nuevas pruebas resulta más evidente que el efecto placebo reside en nosotros. Por ello, como apunta Susana G. Tempone Pérez, del Servicio de Anestesiología del Hospital Italiano de Buenos Aires, “si la administración de una sustancia inerte frente a la ausencia de opción terapéutica refuerza la curación, debería evaluarse la posibilidad de administrar un placebo y contemplar estudios científicos más detallados sobre el tema”.

La curiosidad


En la Edad Media la palabra “placebo” se introdujo en el idioma inglés a través del salmo bíblico 116, que era cantado por las plañideras profesionales en los funerales. De ahí que la expresión “cantar placebos” pasara a ser una frase despectiva que describía a un adulador servil.

El placebo como cura: Qué trastornos responden mejor


Varias investigaciones recientes han demostrado la utilidad de los placebos para tratar una amplia gama de trastornos. Sin embargo, algunos de los informes de curación de cáncer u otras enfermedades graves y progresivas mediante placebos han sido tan pobremente documentados que muchos expertos expresan serias dudas sobre sus resultados. Pero existen abundantes estudios clínicos y trabajos de psicología experimental que demuestran la influencia de los placebos en la corrección del ritmo cardiaco, la curación de úlceras y resfriados, la desaparición de algunos síntomas psiquiátricos y el alivio de las alergias (especialmente, la rinitis), de las migrañas y de numerosos dolores erráticos. El doctor Irving Kirsch detalla en Specifying Nonspecifics: Psychological Mechanisms of Placebo Effects (1997) algunos factores que responden de forma significativa a los placebos, como la presión sanguínea, la temperatura de la piel, los niveles de colesterol, el ritmo cardiaco y ciertas afecciones de la piel, como las verrugas y la dermatitis de contacto.

Los placebos más eficaces : Inyecciones mejor que pastillas


A lo largo del tiempo los investigadores han ido comprobando que determinados placebos funcionan mejor que otros. Dada su capacidad de sugestionar, parece que su tamaño, su color y su forma de administración tienen mucho que ver con su eficacia curativa. El simple contacto con los médicos u otros sanitarios ejerce también un efecto placebo en muchos casos. En general, se ha comprobado que:
- Las inyecciones funcionan mejor como placebo que las pastillas, pero las intervenciones quirúrgicas resultan aún más eficaces. En numerosos casos de cirugía para ligar arterias en víctimas de angina de pecho los pacientes que mejor se recuperaron fueron los que habían pasado por intervenciones simuladas.
- Las píldoras grandes actúan mejor que las pequeñas, pero las píldoras muy pequeñas son más eficaces que las cápsulas de gran tamaño porque los pacientes creen que la concentración de principios activos es mayor en las de menor tamaño.
- Las píldoras de color negro y rojo resultan más útiles que las de color blanco; las amarillas o anaranjadas son estimulantes y las azules y verdes transmiten tranquilidad.
- El precio del medicamento influye de forma fulminante en su eficacia: los analgésicos más caros son los que mejor mitigan el dolor; con frecuencia los más baratos no tienen efectos.
- Cuantas más dosis se administren y mejor se cumplan las normas de ingestión, mejores resultados se observan.
- El papel del médico es fundamental: muchos pacientes mejoran solo por el hecho de saber que están siendo atendidos por un médico de gran prestigio y experiencia.

Nocebos: Los antiplacebos


El efecto observado tras la administración de una sustancia inactiva no siempre es beneficioso. En el caso de que las consecuencias sean negativas se la denomina “nocebo”. El doctor Federico J. Arranz Calderón lo explica así: “En mi práctica médica he visto cómo funciona el efecto nocebo: hay gente que coge manía a un medicamento. Al cambiar un medicamento de marca reconocida por su correspondiente genérico he visto al paciente empeorar y luego, mejorar ostensiblemente tras volver a tomar el original aunque tuviera la misma sustancia activa. Es lo que tienen las marcas”. Ciertos estudios han mostrado asimismo que los placebos no siempre son positivos: en algunas circunstancias han llegado a provocar desagradables efectos secundarios, como palpitaciones, náuseas, dolores de cabeza, diarreas o incluso erupciones cutáneas. Un conocido caso clínico documentado por un equipo de la Universidad de Oklahoma (EE.UU.) hace referencia a una paciente que experimentó palpitaciones y náuseas a los pocos minutos de haber ingerido una pastilla inactiva tras haberle indicado que se trataba de un potente medicamento. R. A. Hahn precisa en su trabajo The Nocebo Phenomenon: Scope and Foundations (1997) que la expectativa influye poderosamente en la respuesta de los individuos a las sustancias inactivas: en un experimento se dio agua azucarada a los voluntarios diciéndoles que se trataba de un emético. El 80% de ellos vomitaron.

Las investigaciones más recientes han demostrado que los placebos y los nocebos mueven muchas moléculas en el cerebro. Cuando se administra un medicamento lo que básicamente se receta son sugestiones verbales. Muchos investigadores inducen verbalmente respuestas placebos o nocebos, pero no solo influyen las palabras en los resultados: también es determinante el entorno, la actitud del personal médico, las creencias respecto a los procedimientos médicos y la confianza que se tenga en ellos.

Etimología: Complacer al paciente


El término “placebo” procede del latín placere, que se traduce como “complacer”. “Hace referencia al médico que complace a su paciente con un tratamiento para alentar una esperanza. De esta forma, en la indicación de un placebo se produce un interjuego de expectativas: el médico espera que el paciente logre un beneficio clínico y el paciente a su vez espera obtener una mejoría”, explica Susana G. Tempone Pérez, del Servicio de Anestesiología del Hospital Italiano de Buenos Aires.

Más Allá de la Ciencia nº 241
Textos  Isabela Herranz

Fuente: http://www.masalladelaciencia.es/efecto-placebo-la-mente-nuestra-mejor-medicina_id30806/placebo-una-droga-potente_id1224478



Por david_kether - 9 de Abril, 2009, 13:25, Categoría: Salud.
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